San Juan y el doble terremoto: dolor mayor
En el contexto del doble terremoto del 24 de junio de 2026, cada quien tiene su historia y la mía es muy particular. Había llegado a Venezuela apenas una semana antes del siniestro, con la intención de quedarme un par de meses y retomar enlaces, refrescar conversaciones y rostros, procurar convenios para Radio Café Atlántico; pero sobre todo, para reencontrarme con mi esencia y mi identidad. En cambio, terminé retirando escombros del edificio en el que yacía, sin vida, el hijo de mi hermana escogida.
Eduardo Parra Istúriz
La primera parada cultural que me había trazado era la fiesta de San Juan, en algún lugar de la costa central venezolana; el área más afectada por la remezón de la tierra.
San Juan en Naiguatá
San Juan es uno de los cuatro santos de la negritud en Venezuela. Tres de ellos se celebran en junio, y la fiesta de San Juan, el 24 de junio, es la expresión más importante de la afrodescendencia. Aunque es un santo católico y se le celebra en todo el mundo cristiano, en nuestro país San Juan es testimonio de la victoria popular de los indígenas y africanos esclavizados sobre el enorme poder de la iglesia impuesta a sangre y fuego por los europeos. En las cofradías se mezclaron las deidades aborígenes y africanas para burlar al conquistador mediante el sincretismo.

San Juan es fundamental, no sólo por la trascendencia religiosa que contiene, sino también por los millones de personas a los que convoca, en un crisol perfecto de baile, rezos, cantos, tambores y ron; un catalizador de la negrura que se expresa sin filtros en su salsa.
Para registrar y disfrutar todo esto, nos habíamos ido junto a una colega hasta Naiguatá, uno de los pueblos que como una diadema coronan la costa en la vertiente norte del Ávila. Allí la playa, el pescado frito, la gente en celebración y San Juan nos regalaron todos los colores. Nos bañamos de salitre y pueblo, como granos de arena en una playa de fervor ancestral.
Cumplida la misión de ver al santo y dado que andábamos en transporte público, decidimos regresar a Caracas antes de que una multitud de visitantes decidiera salir del pueblo. Pero en el camino nos encontramos a una señora que vendía dulcería criolla: mango dulce y “barriga ‘e vieja”, esto último una mezcla de yuca (mandioca) y dulce de papelón (reducción de caña de azúcar). Exquisiteces de nuestra gente y de nuestro trópico.

Para regresar había que tomar dos autobuses; el primero hasta Camurí, y de ahí otro a Caracas. A pesar de que a la primera camioneta se le espichó un caucho y hubo que esperar no una segunda, sino una tercera unidad, llegamos tranquilos a la estación Capitolio, en el centro de la capital. Serían las 5:30 de la tarde, tal vez.
El momento del temblor
El 24 de junio de 2026 a las 6:04 de la tarde la zona norte costera de Venezuela vivió los minutos más aterradores y destructivos en la historia, no sólo de la región o del país, sino que tal vez, del continente entero: Dos terremotos arremetieron con fuerza tremenda y causaron una destrucción que al día de hoy da cuenta de más de dos mil fallecidos y 50 mil desaparecidos tras el colapso o el daño grave de más de 58 mil edificios.
Faltaba media hora para eso. En Capitolio tomamos el Metro y tras un breve lapso, nos despedimos en su estación de destino, Miranda, y yo continué hacia la siguiente; Los Dos Caminos. El temblor ocurrió mientras yo me encontraba en el breve trayecto entre estas dos estaciones, y por extraño que parezca, no me enteré hasta que salí del tren.
Noté vidrios rotos en el andén y pensé que había ocurrido algún acto de vandalismo o alguna pelea particular, pero cuando subía las escaleras, escuché la voz de un operador que instaba a “los señores usuarios a salir inmediatamente de la estación”. La voz quebrada me indicó que pasaba algo grave. Salí a la superficie de la ciudad para encontrarme con un panorama rarísimo: la gente estaba dispersa, hablando por sus celulares, indistintamente en la acera o en la calzada de la avenida, como si fuesen inmunes al atropellamiento. Leí el espanto en los rostros y escuché la palabra “temblor”. Me reí para mis adentros, recordando una anécdota graciosa durante el sismo de 2009 en Caracas, sin sospechar lo serio que era el asunto.
Tenía pensado comprar cerveza en el mercado, pero no había nadie adentro, así que seguí mi camino sin mayor preocupación, hacia la casa en que me alojo.
Golpe de realidad
En todos los grupos y redes sociales, colegas, amigos y conocidos de todas partes del mundo preguntaban si estaba bien, si había muertes, si habíamos sufrido mucho los daños. En los primeros minutos no sospeché la magnitud del evento, entre otras cosas porque no sentí la violencia con la que se movió el suelo, pero enseguida me llegó el video del edificio Petunia, que se derrumbó por entero, y ahí supe que la cosa era grave.
Pronto llegó una avalancha de videos similares desde todas partes de la zona central costera que a la postre es la zona más densamente poblada del país. De oeste a este, llegaban reportes desde Falcón, Puerto Cabello, Valencia, Maracay, La Victoria, Caracas, La Guaira, Guarenas, Guatire y Barlovento. Como cualquier venezolano, esa noche dormí tal vez dos horas.
Al día siguiente, cansado pero atiborrado de información, me comprometí con múltiples medios de Argentina y Chile que habían obtenido mi contacto a través de distintas redes, para servirles como reportero en Caracas. En 2012 había trabajado para la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis) y obtuve una certificación en materia de sismos que me resultó importantísima para explicar lo ocurrido y el alcance de la tragedia. Además, ya habíamos estado en el mismo lugar en 1999, durante el famoso Deslave de Vargas (El estado Vargas cambió su nombre a La Guaira, así que es el mismo lugar) y sabíamos de la fragilidad de esos terrenos.
Pasé todo el día 25 explicando más o menos las mismas cosas a no menos de 10 medios foráneos, a quienes agradezco el interés por lo que ocurre en Venezuela y la gentileza de entrar en contacto con un periodista in situ. La dinámica se vio interrumpida a las 5 de la tarde cuando un mensaje, enviado dos horas antes, derrumbó mi barrera contra el terror. Mi hermana de vida me enviaba una foto de su hijo, la ubicación del edificio en que se encontraba, y el mensaje “El edificio de mi hijo no existe. Él no aparece”.
No podía simplemente dejar todo y correr, aunque ese fuera mi primer impulso. Tenía varias pautas por cumplir aún.
La Guaira, otra vez.
Una amiga en común me habló de un centro de acopio muy cercano a la casa, en la Esfera de Soto, junto a la autopista. Allí podrían ayudarme a llegar a La Guaira. Hacia allá me dirigí en la mañana del viernes 26. Efectivamente la gente había organizado un centro de acopio y había una intensa actividad alrededor del mismo, con gran cantidad de motorizados, gente organizando los donativos y otros dirigiéndolos hacia las áreas afectadas.
Expliqué mi situación y me dieron unas bolsas de comida para trasladar, me asignaron ir en moto junto a un joven anónimo (luego supe que se llama Alexander) que tenía un casco extra para viajar con él. Me dieron un “kit” que incluía una pala, un casco de seguridad, guantes de carnaza, soga y lentes de seguridad. De esa guisa, pala en mano, viajé como parrillero hacia el Centro de Acopio de Macuto, que ni él ni yo sabíamos exactamente dónde estaba, eso no aparecía en ningún mapa. Los accesos a la autopista estaba militarizada, y la vía misma, llena de patrullas, ambulancias, bomberos y también muchos voluntarios como nosotros, dispuestos a ayudar de alguna forma.
Recordé la Tragedia de Vargas (El estado La Guaira se llamó anteriormente Estado Vargas) en el año 1999. Era la misma vía, la misma situación, tal vez el mismo paisaje macabro el que nos esperaba.
Al llegar a La Guaira empezamos a notar los destrozos, y en la medida en que nos desplazábamos hacia el este eran más notorios. El horror de los edificios caídos, de la cantidad de personas que se podía intuir que estaban atrapadas allí era escalofriante. Avanzábamos en una tierra arrasada, como si hubiera habido un bombardeo. Otro. Superamos Macuto sin encontrar el centro de acopio indicado, así que llegamos hasta Los Corales, donde entregamos la carga. Allí tomamos agua para recuperarnos y entonces le pedí a Alexander que me ayudara a encontrar el edificio.
Cuando dimos con él, desde donde veníamos no había acceso para la moto, así que a nos nos despedimos y seguí a pie. El panorama era tan espantoso como el de decenas de edificios que habíamos visto en el camino, pero en éste había gente querida. Busqué rostros conocidos y tras recibir unas instrucciones muy simples, me integré a la labor.
Dolor mayor
50 manos o más estábamos completamente entregados a la tarea de encontrar a César. El edificio de 15 pisos había cedido y parecía un gran acordeón. En esa situación, tendría la altura de un tercer piso, como mucho, y varias de las placas que normalmente conforman el piso de los apartamentos estaban ahora en posición diagonal o directamente vertical. La esperanza de que estuviese en otro lugar se había disipado al ver su moto en el estacionamiento, y las grabaciones de las cámaras de seguridad lo mostraban entrando al edificio apenas 7 minutos antes del sismo. ¡Estaba allí!
Desde el día anterior, explorando las ruinas con valentía, con desesperación, una de las hermanas de César había logrado identificar una pared vinotinto que pertenecía al apartamento del piso 13 que él habitaba. Así supieron dónde excavar, dónde centrar los esfuerzos. Yo llegué tal vez a las 10 u 11 de la mañana y no paramos de sacar escombros, objetos varios y, lamentablemente, tres personas fallecidas antes de recuperar a nuestro César.

No se puede expresar con palabras el desgarro que significó para los presentes el hallazgo, la constatación de los hechos que sabíamos sobradamente pero nuestro cerebro se negaba a procesar. Tampoco es fácil describir la hermandad en que quedamos los que estuvimos allí, hombro a hombro, unidos por un mismo amor a la vida.
Mientras escribo estas líneas, faltan escasas horas para asistir a la misa con que despediremos a César. Nos acompañamos en medio de un luto que es nuestro y es de todo un país.
La Patria profanada
También te puede interesar
Crónicas argentinas: Navidad
10 enero, 2018
2007 ¿con qué vienes?
8 enero, 2007