La Patria profanada
¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres?
Simón Bolívar, 1811
“La planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la Patria”
Cipriano Castro, 1902.

No es necesario ahondar en lo que ocurrió en la madrugada del 3 de enero de 2026 en Caracas, pero sí es muy difícil comprender lo ocurrido inmediatamente después en muchas ciudades de otros países, en las que reside una gran cantidad de venezolanos emigrados: Muchos de ellos salieron a celebrar la noticia de que habían depuesto al presidente Maduro, sin importarles el método ni las consecuencias para el país -y el continente- en el mediano y largo plazo.
Eduardo Parra Istúriz
Al margen de la legitimidad y la legalidad (son cosas distintas) de Nicolás Maduro como jefe de Estado, probablemente esta sea la primera vez en la historia en que, sin estar en guerra, los nacionales de un país celebran la invasión de su propia tierra, y este en ningún caso es un gesto que enaltezca el gentilicio. ¡Nos bombardean la capital, mataron a una centena de personas! ¿y salen a celebrar?

¿Cómo explicar este comportamiento tan extraño?
Creo que se trata de una inversión de la escala de valores con la que han crecido varias generaciones de venezolanos, que ha derivado en una banalización extrema de los principios formadores de la identidad nacional y sobre todo, del valor de la Independencia. En mayúscula, porque en el país en el que nació Bolívar todos deberíamos tener en lo más alto el concepto de Independencia. ¿Qué nos pasó?
Pérdida del orgullo histórico
Simón Bolívar ha sido históricamente una parte esencial de la identidad nacional venezolana; crecemos y se nos forma en el orgullo de ser connacionales del hombre que lideró, antes que nadie, la liberación de la América hispana respecto al Imperio Español.
Por si Bolívar no basta, somos connacionales del Precursor de la Independencia, Generalísimo Francisco de Miranda, el único latinoamericano que luchó, llegó a General en las tres revoluciones de su tiempo y cuyo nombre se encuentra en el Arco del Triunfo, en París.
Si esto no es suficiente, la gesta del General Páez, el Centauro de los llanos, quien comenzó como peón de hacienda y terminó siendo presidente de la República gracias a su bravura, refuerza el relato épico de una nación que parió otras naciones desde su vientre.

Todo esto facilitó que nos autodefiniéramos como un pueblo guerrero, capaz, valiente, resolutivo, y para algunos también revolucionario y antiimperialista. Todo este bagaje se ha trasladado a la política nacional y ha permeado profundamente las relaciones entre civiles y militares. Es muy difícil explicarle a alguien del Cono Sur, donde las relaciones con los milicos son pésimas, el grado de integración que desde hace al menos 60 años existe entre ambos grupos de venezolanos.
Con todo, la épica no alcanza para superar la realidad: millones de venezolanos debimos salir del país en búsqueda de mejores oportunidades de crecimiento o al menos para mantener estándares mínimos de vida y, en muchos casos, simple supervivencia: se trata de la llamada diáspora venezolana; la primera que ocurre en un brevísimo lapso en un país que no está en guerra, la primera que sale en televisión y, por supuesto, la primera globalizada a través de redes sociales.

También es la primera emigración colectiva en o desde Venezuela en dos siglos. La anterior fue en 1814, cuando bajo la amenaza del realista José Tomás Boves, se produjo la Emigración a Oriente, que movilizó a 20 mil caraqueños dirigidos por Bolívar hacia el oriente del país. Pero entonces eran tiempos de guerra.
Desarraigo masivo
Entre las consecuencias más duras de la diáspora se cuenta la pérdida del contacto cotidiano con la familia que se quedó. Con los abuelos, depositarios de la memoria colectiva, amén de las tradiciones, costumbres, e incluso con el vocabulario criollo. Muestra de ello fue el éxito -en el exterior- de la aplicación Venezolario, que retaba a los usuarios a decir “en venezolano” ciertas situaciones o conceptos. En dos platos, los venezolanos en el exterior carecen del referente; del anciano que cuenta las historias “de cuando Pérez Jiménez” o enseña a sus nietos a fabricar gurrufíos.

Este fenómeno no es exclusivo de los emigrados. Millones de compatriotas que viven en casa -a pesar de los esfuerzos de mucha gente- desconocen su propia música (mucho más que joropo), su variada gastronomía (mucho más que tequeños, arepas y empanadas), sus ambientes naturales (mucho más que playas) y por supuesto, desconocen el valor de Mateo Manaure, Cruz Diez, Jesús Soto, y demás glorias del mundo artístico criollo. Venezuela es un nombre asignado a un territorio y poco más.

La memoria colectiva de una generación entera de venezolanos, y muy especialmente los menores de 35 años que viven en el exterior, está gravemente mutilada. El contacto con “la venezolanidad” se produce a través del filtro de la política dominante en redes sociales, siempre sesgada; o de los intereses comerciales de empresas que ocuparon con sus colores el lugar de los símbolos patrios. Es así como Harina PAN, Malta Polar o Miss Venezuela se posicionan para generaciones enteras de venezolanos como símbolos de su país, cuando en realidad son apenas marcas comerciales y no guardan relación alguna con las costumbres que identifican a un pueblo.
Por otra parte, los emigrados lidiamos constantemente con la realidad de tener que adaptarnos a ambientes en los que siempre somos -y siempre seremos- extranjeros, por mucho que, como ocurre en Argentina o República Dominicana, seamos muy bien recibidos, incluso queridos. Los más jóvenes crecen en un sistema educativo distinto, conocen una historia distinta y por supuesto, desconocen el entramado épico del que hablamos en la sección anterior.
Para muchos de estos venezolanos Venezuela es el país de los padres, o el país “al que ansío regresar pero que no puedo disfrutar porque la economía y la política están hechas un asco”. Para los más radicalizados, es el país del que tuve que huir porque en Venezuela hay una dictadura. Al cabo de unos años, mucha gente reconstruye su vida y se asimila como parte un órgano donado se adapta al cuerpo receptor.
El venezolano devaluado
Así como antes los venezolanos respondíamos al estereotipo del nuevo rico, con una clase media que derrochaba dólares en viajes de fin de semana a Miami, familias con varios vehículos y gasolina a precios risibles, la diáspora ha traído otros estereotipos, que en muchos casos difieren bastante de país a país.
Mientras para los dominicanos somos una suerte de hermano empobrecido, en sociedades intrínsecamente conservadoras como Perú o Chile se nos tiene por ordinarios, chabacanos e inadaptados sociales. En Argentina y Uruguay nos califican como alegres, trabajadores, educados y responsables (pero fachos).
En todas partes es lugar común que los venezolanos trabajamos en alguna empresa de transporte de comida. Al llegar al país receptor tenemos condición de turista y se nos está prohibido ocupar cargos laborales, así que ingresamos a un mercado laboral marginal, que no responde a las leyes locales. Las aplicaciones de transporte han sido el refugio ideal para cientos de miles en todo el continente y más allá. A un venezolano se le puede reconocer “por la mochila de Rappi”.

También es común que nuestros compatriotas repitamos que “nuestra comida es mejor, nuestras mujeres son las más bellas, nuestras costumbres son mejores” y, por supuesto, “nuestras playas son las mejores del mundo”. La nostalgia se exterioriza frecuentemente en forma inapropiada, porque los emigrados estamos rotos de ausencia.
Los shows de stand-up comedy se han cebado en el estereotipo y no sólo los nuestros, sino que también comediantes de otras latitudes han incorporado los clichés de la emigración criolla, “viralizando” una imagen del venezolano que nos ubica en el fondo de la cadena laboral, independientemente de qué tan educados seamos en lo cotidiano y en lo académico. Los otrora guerreros de Bolívar, los ex millonarios mayameros, andamos en bicicleta o en moto, repartiendo comidas. El trabajo es digno, sí; pero la circunstancia que nos obliga a este tipo de trabajos estando capacitados para tareas mucho más edificantes y mejor remuneradas, no hace ninguna gracia.
Polarización y simplificación extrema del discurso
La diáspora venezolana ocurre a partir del año 2015, cuando surge una crisis multifactorial que impacta de forma definitiva a la economía venezolana: un pésimo manejo de la administración pública, que implica impunidad y corrupción generalizadas, (ya en 2014 el PSUV expulsaba a varios de sus miembros fundadores por denuncias varias, entre ellas un faltante de miles de millones de dólares en Pdvsa) y la aplicación por parte de Estados Unidos de una serie de sanciones económicas que en la práctica bloquean las ventas petroleras durante meses.
El impacto fue brutal al año siguiente: mientras en 2012 Venezuela recibió 62 mil millones de dólares por ventas de crudo, en 2016 esta cifra disminuyó a 700 millones. Una caída muy cercana al 99%, que explica la tremenda escasez de alimentos vivida en una suerte de período especial venezolano, que recién comenzó a aliviarse mucho después.

En este contexto, los medios nacionales e internacionales, así como voceros de peso en las redes sociales, simplifican de forma extrema el fenómeno: agrupan bajo el nombre “comunismo” todos los planteamientos distintos al libre mercado. Socialismo, socialdemocracia, ecologismo, animalismo, feminismo, agenda 2030 y movimientos woke se mezclan e igualan bajo esa única palabra. Luego plantean que el problema es el comunismo; no la corrupción, no la impunidad, sino el comunismo que, según ellos, ha reinado en Venezuela desde 1958. Obvian las sanciones, que tienen enorme impacto, al tiempo que afirman que la corrupción administrativa es una característica propia de la existencia del Estado. La oposición afirma que las sanciones no existen; pero 11 años más tarde de su inicio (ahora mismo) Estados Unidos anuncia que las comienza a desmontar.
Básicamente, se plantea una regla lógica sumamente simple. “La corrupción es inherente al comunismo; el comunismo implica un Estado fuerte: para asegurarnos de que esto no ocurra, el Estado debe desaparecer.”
Este discurso suele apoyarse poniendo como ejemplo el caso Venezuela (no seamos Venezuela) generando una ola de victorias de los partidos de derecha en todo el continente a partir de 2015. Jair Bolsonaro, Nayib Bukele y Javier Milei destacan por sus actitudes radicales, pero también cuentan las victorias de Piñera, Noboa, etc. En 2025 la derecha ganó todas las elecciones presidenciales que hubo en el continente, incluyendo Bolivia.
Esta propaganda encuentra resistencia, como es natural, en las militancias de izquierda en todas partes, pero… en todas partes hay miles de venezolanos defendiendo la tesis de que sólo la derecha debe gobernar, para evitar desgracias. Incluso algunos están dispuestos a dar la vida (ojo, la de otros, vidas desconocidas, descartables) con tal de cambiar el sistema. Cualquier paralelismo con las palabras del activista MAGA Charlie Kirk NO es coincidencia.
Afuera y también adentro del país, muchos venezolanos han llegado a tal punto de desconexión con la realidad, que en vez de entender a Trump como un conquistador, como un enemigo política, económica y militarmente hablando, lo perciben como un libertador. Desean ser como Estados Unidos, o incluso ser parte de Estados Unidos. Y salieron a celebrar un bombardeo.
¿Qué somos ahora?
Tal vez este era el lugar por donde había que empezar a contar esta historia. Lo que ocurrió el 3 de enero en Caracas fue la anulación, por la vía bélica, de la Independencia de Venezuela. No porque hayan secuestrado a Maduro y su esposa, sino porque los actuales responsables; remanente del gobierno, están obedeciendo, al menos en esta etapa, las directrices de Washington.
Pero también esta anulación es posible porque ya había ocurrido en la mente de millones de personas. Los que, por las razones antes expuestas, invirtieron su escala de valores y consideran más importante salir de Maduro que conservar la dignidad y la soberanía.

Sabemos que la amenaza militar no ha desaparecido; sabemos que el momento es crítico y que la sensatez debe imponerse al patriotismo irreflexivo, que nos puede llevar a un enfrentamiento que no podemos ganar y que dejaría un saldo increíblemente doloroso.
Lo que nos parece grave es que el actual ¿gobierno? ocupe sus esfuerzos diplomáticos en denunciar que la pareja presidencial está secuestrada y no que el país está siendo ocupado por una potencia extranjera. Con gran diligencia se modificó la Ley de Hidrocarburos. ¿Cómo es que se recibe en Miraflores a los funcionarios de Washington sin que se denuncie en todos los foros internacionales que esto se hace bajo coacción? ¿Se asume que todo el planeta lo sabe y por consiguiente no hay que dejar constancia de ello?

Todo es muy raro, y sin duda hay diferencias entre lo táctico y lo estratégico, amén de una gran cantidad de información que desconocemos, pero con o sin ella, a quienes nos duele la patria pisoteada, nos toca entender la condición neocolonial del territorio (porque ya no hay país) y la necesidad de resistirnos a que esa condición sea permanente.
También te puede interesar
Nueva etapa en la televisión de Venezuela
27 mayo, 2007
Todos somos MEL
8 julio, 2009